Las olas tecnológicas vienen más frecuentes, fuertes y cambiantes, pero la empresa promedio de América Latina es un surfeador demasiado propenso a trastabillar o, peor aún, dejar pasar las mejores oportunidades de lucirse en el mar de competidores globales.

Acá llegan noticias de los 120 robots que trabajan en la fábrica de autos autónomos Tesla, de los proyectos de nanotecnología o del edificio chino que construyeron mediante técnica de impresión 3D, pero en el contexto latinoamericano esas informaciones parecen de otro mundo. Dicho de manera más positiva: hay enormes (gigantescas) posibilidades de crecimiento.

Es esta la conclusión del profesor de INCAE Business School Guillermo Cardoza, experto en innovación, competitividad y negocios en economías emergentes, con un PhD de La Sorbone y posdoctorados de la Universidad de Harvard y MIT.

Después de muchos años de ejercicio académico y consultorías en empresas de la región, el profesor Cardoza puede reconocer las áreas que América Latina debe depurar para que los negocios aumenten la posibilidad de aprovechar las potentes olas de las tecnologías exponenciales en la capacidad de competencia.

La inteligencia artificial, la 3D, la biología sintética, la robótica y la nanotecnología se desarrollan con fuerza y velocidad en lo que se ha llamado “Cuarta revolución industrial”, pero todavía lejos de las aguas latinoamericanas.

Rezagada en calidad de la educación básica, en inversión en investigación y desarrollo, en normas gubernamentales y en percepción de probidad en la gestión pública o privada, Latinoamérica parece el contraste de las dinámicas economías asiáticas, como Corea o Singapur.

La llamada “triple hélice del desarrollo”, gobiernos-empresas-academia, debe engancharse en el ciclo tecnológico del momento antes de que cambie. Debe tener como eje central la inversión estratégica.

Para Cardoza, Codirector Académico del Senior Executive Program, la inversión estratégica es un factor central en dos círculos virtuosos. En uno activa la educación en investigación y desarrollo, que a su vez provoca innovación y mejora la productividad, lo cual aumenta la competitividad y los ingresos, por lo que pude haber más inversión estratégica.

En el otro círculo virtuoso, este concepto genera empleos de calidad, lo que aumenta el ingreso de las personas, que pueden entonces ahorrar más o consumir más y generar más recursos en la sociedad para la inversión estratégica.

Esto implica, por supuesto, que la “triple hélice” del desarrollo se prepare para cambios en el modelo de empleo, dado que la tecnología sustituirá a miles de trabajadores que en estos momentos están realizando tareas susceptibles de la automatización o la inteligencia artificial.

Aunque el tiempo apremia, aún hay márgenes de actualización para que los directivos de una empresa promedio en América Latina se capaciten en gestión del cambio; para que no se sorprendan demasiado cuando vean que un auto sin conductor los adelanta en una carretera… y que una máquina robotizada les certifique que están bien del corazón.

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