Por Ángel Castiñeira, director de la Cátedra de Liderazgos y Gobernanza Democrática de ESADE y Josep M. Lozano, profesor e investigador senior en RSE del Instituto de Innovación Social.

En la relación entre ética y empresa, cabe un juego, que denominamos juego de identificación, de fácil aplicación. Supongamos cuatro posiciones posibles, agrupables en dos parejas. La primera pareja responde a un único patrón de relación según el cual la empresa niega la ética o la ética niega la empresa.

1. La empresa que niega la ética. Ya se sabe, los negocios son los negocios y las empresas están para obtener beneficios. La empresa es una institución importante para la sociedad y su actuación se rige por unas reglas del juego que no dependen de ella: si tratamos de ética, hablamos de las reglas, pero no de los jugadores. Por consiguiente, la ética no es relevante ni es pertinente en el ámbito empresarial, que sigue otra lógica.

Como nos dijo un directivo en cierta a ocasión: “Ya tengo suficientes problemas en mi empresa para que encima tenga que plantearme problemas no empresariales.” Los negocios en sí son amorales y pretender introducir en ellos la ética es introducir una perturbación innecesaria. Además, quienes son éticas son las personas, no las empresas. Y la ética personal no depende de las empresas ni es asunto suyo.

2. La ética que niega la empresa. Hay puristas que identifican la ética con una norma o un valor absoluto. Y no existe realidad alguna que pueda compararse con un valor (o con una fantasía). Según este planteamiento, la empresa es intrínsecamente perversa, pues existe el convencimiento de que, si hay indicios éticos, es a pesar de las empresas y porque en todos sitios hay buena gente.

Pero la probabilidad de encontrar criterios éticos en la empresa es proporcional a la distancia con respecto a la cúpula jerárquica. La empresa se ​​mueve exclusivamente por interés, y la ética no puede mezclarse con los intereses: o lo uno o lo otro.

La segunda pareja intenta combinar ambos factores de manera distinta.

3. La ética y la empresa son importantes, pero incompatibles. Se trata, pues, de que actúen en paralelo, pero sin interferirse mutuamente. Son como el agua y el aceite: pueden ir juntos en un mismo recipiente, pero sin mezclarse. La empresa proporciona bienes y servicios necesarios, pero está sometida a la lógica del mercado.

La ética es necesaria para construir una sociedad humana y no puede ser objeto de negociación. La ética puede impulsar la acción social de la empresa o iniciativas filantrópicas, pero claramente separadas de la actividad ordinaria de la compañía. Y un directivo puede tener compromisos sociales o apoyar determinadas causas, y es bueno y deseable que lo haga, pero no cuando ocupa el puesto por el que le pagan.

4. La ética y la empresa son integrables. Esta integración no es el resultado de una coincidencia espontánea, sino de una construcción perseguida y deliberada. Las empresas tienen márgenes de maniobra y pueden asumir, conscientemente, los valores con que se identifican, ya que en todas sus actuaciones siempre hay valores en juego.

La ética no se justifica por el hecho de que sea o pueda ser rentable, sino por sí misma, pero no puede entenderse fuera de contexto. Y una empresa no se valora ni se justifica exclusivamente a partir de sus cifras. En ningún caso pueden aceptarse un discurso empresarial o un discurso ético autosuficientes. Porque no hay empresa sin valores, ni tiene sentido un discurso ético fuera de contexto. Se trata, pues, de integrar cotidianamente los valores, los contextos y las prácticas.

Es evidente que el juego propuesto es una simplificación. Pero, ¿reconocemos a quién se sitúa en cada posición? Porque, aunque personas distintas se sitúen en posiciones distintas, lo relevante es que el diálogo entre todas ellas dependerá de la posición desde la cual hablen.

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Ángel Castiñeira es director de la Cátedra de Liderazgos y Gobernanza Democrática de ESADE y Josep M. Lozano es profesor e investigador senior en RSE del Instituto de Innovación Social.

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Sobre el autor: ESADE es una institución académica internacional con más de cincuenta años de historia. Su principal patrimonio son las personas: profesores y profesionales al servicio de la formación y de la investigación. Desde sus aulas ESADE aboga por el rigor y la excelencia académica, contribuyendo así al debate público y a la transformación social. El amplio reconocimiento de ESADE, avalado por los principales ránkings internacionales, destaca por la calidad de su enseñanza, su carácter internacional y su marcada orientación al desarrollo integral de las competencias, tanto profesionales como personales. Desde que celebró su 50º aniversario, ESADE ha adoptado ‘Inspiring Futures’ como lema institucional. Con ello, la escuela muestra su intención de fomentar el espíritu renovador en el mundo de la Empresa y el Derecho.

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