por Ángel Castiñeira. Director de la Cátedra de Liderazgos y Gobernanza Democrática de ESADE.

Vivimos también tiempos de internet 2.0 protagonizados por la gente de la generación Y. Se trata de un colectivo peculiar: su colaboración en red les permite ser altamente creativos e innovadores, pero a la vez son profundamente alérgicos a la visión tradicional de la autoridad. No les gusta el formalismo ni las jerarquías, son impacientes y cortoplacistas y valoran por encima de todo el ambiente de trabajo y la conciliación. Su incorporación a las organizaciones está contribuyendo a cambiar sus estructuras. En estas condiciones ya no sirve gestionar la obediencia sino que hay que aprender a liderar el entusiasmo. Esto sólo se conseguirá con formas de liderazgo distribuido o compartido (se producirán pocos cambios significativos si las iniciativas provienen tan sólo de la alta dirección) y con formas de liderazgo facilitador (es decir, no autoritario, capaz de generar compromisos y de crear objetivos comunes).

Mal que nos pese, vivimos también tiempos de desconfianza en los mercados que se proyecta por extensión a la acción empresarial. Por este motivo el liderazgo ya no se podrá comprender sólo desde una perspectiva técnica o instrumental. El liderazgo no es una mera habilidad que requiera sólo desarrollar competencias. El ejercicio del liderazgo incluye siempre la vinculación con valores. Y por eso, la pregunta clave de los próximos años no será por el liderazgo sino por el buen liderazgo, por el liderazgo ético o por el liderazgo responsable. Esto nos debe llevar a preguntarnos cómo se desarrolla la calidad humana de nuestros líderes y su consistencia ética. Y eso quiere decir que tendremos que trabajar no sólo el ideal de la excelencia, sino también el ideal de la ejemplaridad. Desde el supuesto de que las organizaciones necesitan no sólo directivos excelentes, sino también directivos ejemplares.

Por último, nos tocará vivir tiempos de interdependencia, tiempos que nos obligarán a transitar constantemente de la dimensión local a la regional y global y viceversa. En Europa, y también en América Latina, hemos pasado en poco tiempo de manifestar una clara reticencia a la figura y las funciones de los liderazgos a reclamar con urgencia su aparición y actuación. Necesitamos ciudadanías fuertes preparadas para ejercer activamente su participación en la arena democrática. Pero al mismo tiempo, sobre todo en contextos de incertidumbre y cambio, también se percibe como necesario que haya personas que catalicen y conduzcan estos cambios.

No hablamos de héroes, sino de personas que puedan pensar y actuar de forma nueva, planificando la acción, tomando decisiones, provocando cambios, concentrándose en la misión y los valores que los guía, asumiendo responsabilidades, conduciendo personas y con suficiente tenacidad y perseverancia como para no desfallecer ante las adversidades. Y sin embargo, como decimos, no son héroes ni personas especiales, sino profesionales disciplinados y exigentes, que desconfían de la complacencia y la comodidad. Han recorrido un itinerario de aprendizaje bastante denso, diverso y dedicado como por disponer ahora de un conjunto de habilidades ejecutivas (o “duras”, como la gestión o las finanzas) e interpersonales (o “blandas”, como el escucha activa o la capacidad de relación) que les permite conocer bien el entorno, determinar prioridades, lograr resultados, desarrollar personas y fortalecer valores comunitarios.

El liderazgo es un proceso que transcurre dentro y a través de organizaciones. Es un proceso colectivo, porque en sociedades abiertas, democráticas y avanzadas implica a menudo una toma de decisiones interdependiente y colaborativa entre muchas personas, pero también es un proceso individual, porque supone la progresiva transformación de la identidad de algunas personas y de los roles directivos que simultáneamente van asumiendo. Sin embargo, el liderazgo no es un punto de partida sino el resultado final de un largo recorrido que, a nuestro juicio, pasa por las etapas de concienciación, implicación y compromiso. La (pre) disposición personal a situarse en el mundo de manera crítica y transformadora es, sin duda, una constante en buena parte de los líderes. El sentido de propósito y de urgencia o el rechazo de la pasividad, por ejemplo, son elementos que forman parte de su ADN. Pero también conviene recordar que ningún líder actúa como francotirador ni llega a la etapa del compromiso de manera aislada. Hay siempre un legado comunitario que se traslada a una nueva generación. El liderazgo, pues, es también en buena medida el resultado del capital cívico de un país y de sus empresas, es decir, aquella energía con la que ejercemos responsabilidades colectivas y las sabemos transmitir y compartir con otros hasta el punto que éstos acepten, cuando sea el momento, asumir el relevo.

El liderazgo es el resultado, no siempre querido ni previsto, de una aventura exterior (con las organizaciones, la comunidad y el contexto) pero también interior (con uno mismo) que, además de contribuir a transformar la sociedad, transforma el sujeto y le da un sentido nuevo a su labor y a su vida. Nos atreveríamos a decir, un sentido trascendente.

 

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Esade
Sobre el autor: ESADE es una institución académica internacional con más de cincuenta años de historia. Su principal patrimonio son las personas: profesores y profesionales al servicio de la formación y de la investigación. Desde sus aulas ESADE aboga por el rigor y la excelencia académica, contribuyendo así al debate público y a la transformación social. El amplio reconocimiento de ESADE, avalado por los principales ránkings internacionales, destaca por la calidad de su enseñanza, su carácter internacional y su marcada orientación al desarrollo integral de las competencias, tanto profesionales como personales. Desde que celebró su 50º aniversario, ESADE ha adoptado ‘Inspiring Futures’ como lema institucional. Con ello, la escuela muestra su intención de fomentar el espíritu renovador en el mundo de la Empresa y el Derecho.

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