Por Alberto Gimeno, profesor del departamento de dirección general y estrategia de Esade.

Vivimos en un sistema económico y social basado en el concepto de precio. La estructuración de nuestra vida se apoya en el principio de que el precio contiene toda la información para que los intercambios entre las personas sean justos y eficientes. Este principio, sobre el que se ha construido buena parte de la modernidad, arranca de las ideas del s. XVIII de David Hume y Adam Smith. El precio de un bien o un servicio debe incluir los diferentes factores que componen el coste del mismo. Por ejemplo, se ha de tener en cuenta los costes de producción (materias primas, personas, capital) y cada uno de ellos recibe lo que “le corresponde” en función de la dinámica del mercado, dentro del sistema institucional que lo ordena.

Hasta aquí el reconocimiento de los bienes en tanto que elementos generadores de valor. Pero, ¿es necesario pensar también en el reconocimiento y la asignación de costes a “los males”? El caso más claro ha sido el de los infortunios, los siniestros y la necesidad de incorporarlos al coste. El ejemplo más evidente e importante entre ellos son los siniestros derivados de la actividad económica. La incertidumbre de esta actividad fue incorporada al coste de los productos a través de la ley de los grandes números, es decir, asignando una probabilidad al siniestro y repartiendo el coste entre todos los participantes en el riesgo. Así, por ejemplo, cada flete de un barco pagaba una prima que cobraba quien sufría la desgracia, en caso de producirse.

La incertidumbre de si la actividad económica conllevaría bienes o males también se enfocó distribuyéndola entre muchos, ya sea el valor de una empresa mediante la sociedad por acciones y la bolsa, ya sea el valor de un activo determinado a través de los derivados financieros. Se distribuía así el resultado, fuese este un bien o un mal, de tal manera que hasta la incertidumbre alcanzó un precio en cada caso concreto.

No obstante, ¿qué ocurre cuando un riesgo puede tener un impacto catastrófico, tanto si es derivado de la actividad humana (como la energía nuclear), como si es independiente de ella (terremoto)? El seguro sigue siendo un mecanismo lógico, ya que el impacto puede distribuirse a través de los reaseguros o los consorcios de compensación. Pero, ¿qué sucede con las consecuencias de los riesgos catastróficos? ¿Qué pasa cuando un siniestro de este tipo gatilla el comportamiento caótico de un sistema? Los estudiosos de la complejidad avisan de que el aumento exponencial de las interconexiones de todo tipo en el mundo en que vivimos, fruto del éxito de nuestro sistema de desarrollo, conlleva un aumento importantísimo de los riesgos sistémicos que deben ser abordados. Me refiero a riesgos catastróficos con altos costes consecuenciales, como los ecológicos, nucleares, financieros, cibernéticos, bélicos, sociales o sanitarios.

Desgraciadamente estamos ahora en medio de un siniestro sistémico sanitario. La crisis financiera mundial del 2008 también fue un siniestro sistémico. Estos han sido casos obvios porque han significado un impacto súbito en la sociedad. En estos momentos nos encontramos fuertemente impactados por el shock de la rápida expansión de la pandemia, pero, simultáneamente, estamos sufriendo otros siniestros: uno ecológico (el cambio climático) y otro socio-económico (la desigualdad) que nos cuestan más percibir debido a su progresividad.

Mi conclusión es que la aproximación a los riesgos sistémicos no puede ser cuantitativa (asignando una probabilidad y calculando una prima), sino que debe ser cualitativa (se debe percibir su existencia y actuar en consecuencia). No es un problema de análisis sino de síntesis. Nuestra historia milenaria nos ha enseñado a percibir los riesgos bélicos, esto es, los riesgos de que nuestros vecinos nos invadan para quedarse con nuestros recursos, o de que nosotros tengamos esa misma tentación. Los humanos hemos desarrollado medios para intentar limitar esos riesgos bélicos a través de mecanismos morales (como los formulados por Kant para la creación de una paz duradera), mecanismos políticos (como los Acuerdos de Paz de Westfalia) y mecanismos organizativos (los ejércitos). La hoy maltrecha Unión Europea es un magnífico ejemplo de que evitar las guerras no es un tema de cálculo actuarial que hay que incorporar al coste, sino una cuestión de sensibilidad y comprensión de la complejidad.

Por ello es necesario que, como ciudadanos y como sociedades, desarrollemos la sensibilidad sobre la absurda distribución de “males” existente. Podemos dotarnos de nuevos mecanismos morales, políticos y organizativos que permitan disminuir los riesgos sistémicos (como los relativos al planeta), las crisis (nucleares, sanitarias, financieras y tecnológicas) y, asimismo, nos capaciten para gobernar mejor las consecuencias catastróficas que podrían tener para todos.

Quizá sea tiempo de abrir este diálogo. Para ello, lo primero será darnos cuenta, tomar conciencia y desarrollar una curiosidad por las soluciones.

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