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Thinking, fast and slow

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En este libro Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía 2002, habla sobre el juicio humano, de sus condicionantes, de sus efectos y demuestra cómo, inconscientemente, este es influenciado en sus actos por un pensamiento rápido, automático e instintivo.

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A las mujeres se nos dice que tenemos la ventaja de poseer una “intuición femenina” que puede resultarnos favorable en nuestra vida personal y profesional. En “Thinking, fast and slow” (Penguin Books, 2011), el Premio Nobel de Economía 2002, Daniel Kahneman, nos muestra que tal intuición puede jugarnos en contra. Nos habla del juicio humano, de sus condicionantes, de sus efectos y demuestra cómo, inconscientemente, el ser humano es influenciado en sus actos por un pensamiento rápido, automático e instintivo. En contraposición, propone que desarrollemos un pensamiento medido y más esforzado que nos ayudará a evitar errores sistemáticos en nuestro comportamiento.

Según Kahneman, este pensamiento rápido e instintivo nos hace actuar en función a impresiones que luego se convierten en creencias, impulsos y, finalmente, acciones. El entorno, sus estímulos, nuestro estado de ánimo, nuestra memoria e incluso nuestros gestos pueden condicionar nuestras respuestas, dice el autor.

Hacemos pagos voluntarios si nos exponen a imágenes de ojos vigilantes frente a la caja de donaciones; limpiamos nuestro cuerpo cuando literalmente nos sentimos manchados por la culpa; tomamos decisiones más creativas y relajadas si nos obligan con algún artilugio a sonreír; completamos frases inconclusas instantáneamente; respondemos a gráficas de colores contrastantes más que a gráficas sin color; actuamos de manera más egoísta y nos apartamos de los grupos si nos exponen a fotos de dinero; la imagen del dictador en el salón nos lleva a conductas de obediencia y endiosamiento; nuestra mente responde a imágenes, palabras o frases familiares que hemos visto antes incluso sin siquiera tener conciencia de haberlo hecho; nuestro estado de ánimo condiciona nuestro nivel de racionalidad, cuando estamos felices somos más intuitivos y menos racionales, cuando sentimos peligros, entramos en estado de alerta y nos volvemos más racionales. Es decir, respondemos a la manipulación de quienes nos generan estímulos sin siquiera tener consciencia de ello.

Para el autor, es el pensamiento lento y meditado el que puede darnos cierto control de nuestros actos, sin embargo, tendemos a usarlo menos porque requiere de mayor esfuerzo. Tampoco podemos fiarnos de la memoria para tomar decisiones, pues el ser humano obvia la duración de la felicidad o el sufrimiento en sus recuerdos y se queda sólo con las sensaciones intensas (así hayan durado fracciones de segundo).

En ese sentido, la experiencia del pasado será tan importante como las sensaciones y hechos actuales. Ejercitar el pensamiento meditado nos permitirá desarrollar habilidades para convertir nuevas experiencias en nuestra intuición futura pues, si bien las personas racionales buscamos la consistencia, la total adherencia a las normas lógicas no es posible en el ser humano. Sí es posible, sin embargo, tomar mejores decisiones con juicios más adecuados. Sus ideas cuestionan nuestra formar de actuar a nivel personal, profesional e institucional y nos hacen pensar en cuál debería ser el rol de las empresas, los agentes sociales y el Estado. 

Deja a juicio del lector el dilema sobre si es posible ayudar a las personas a tomar buenas decisiones sin limitar su libertad de acción. La importancia de sus propuestas radica, a mi juicio, en la amplitud de aplicaciones que tienen sus ideas sobre el comportamiento humano. Una lectura que nos deja enseñanzas
personales, y como sociedad.

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