¿Tiene el mercado la cura de los males sociales?

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Se les denomina títulos de repercusión social o títulos que pagan por inversiones exitosas, de forma que toman el capital de inversionistas externos para apoyar causas sociales. Si bien aún se trata de una iniciativa en etapa embrionaria, en EE.UU. y Reino Unido han tenido experiencias positivas aplicando esto. Eso sí existen algunos inconvenientes como su alto costo y las dificultades para medir su rentabilidad.

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Los títulos de repercusión social (SIB, según sus siglas en inglés) -un instrumento financiero nuevo y prometedor enfocado en los problemas sociales- se enfrentan a diversos obstáculos justo en el momento en que los líderes del Gobierno americano y de otros países están listos para probarlos.

Los SIB toman el capital de inversores externos y lo aplican a la financiación de programas sociales -por ejemplo, campañas para la reducción del número de personas sin vivienda- que generan retornos solamente si el programa tiene éxito. Los títulos serán ofrecidos en breve en Nueva York y Massachusetts, pero no será fácil venderlos por diversos motivos.

No será una tarea fácil identificar los programas adecuados a la estructura de los SIB, y menos aún descubrir exactamente cómo medir el éxito de esos programas sociales. Además, esos títulos acarrean costes elevados -como, por ejemplo, gastos que requieren el pago de un tercero para la evaluación de los resultados- si se comparan con el suministro puro y simple del servicio directamente.

A pesar de esas dificultades, Keith Weigelt, profesor de Gestión de Wharton, dice que los SIB tienen un potencial enorme. "Si la inversión social va a crecer, debe estar vinculada al desempeño", dice Weigelt, añadiendo que los títulos de repercusión social pueden afectar el funcionamiento de las organizaciones sin fines de lucro. "Esas instituciones son muy ineficientes", dice. Los SIB "llevarán la disciplina del mercado" a ese sector.

La primera experiencia importante con los SIB, también conocidos como "títulos que pagan por inversiones exitosas" [pay for success bonds], tuvo lugar en Reino Unido. En 2010, Social Finance Ltda., consultoría sin fines de lucro, y el ministerio de Justicia de Reino Unido suscribieron un contrato SIB con el objetivo de reducir la reincidencia entre los prisioneros de la penitenciaria de Peterborough, en Cambridgeshire, Inglaterra, donde están encarcelados hombres y mujeres. Cerca de un 60% de los que cumplen sentencias relativamente breves cometen por lo menos una transgresión después de un año en libertad.

Diecisiete inversores, entre ellos Rockefeller Foundation, contribuyeron con cinco millones de libras para financiar un conjunto de organizaciones sin fines de lucro que prestarán servicios a los prisioneros y a sus familias con el objetivo de evitar que reincidan en la actividad criminal con el consecuente retorno a prisión. Los inversores recibirán de vuelta lo que invirtieron si el programa consigue reducir la tasa de reincidencia en un 7,5%. Si la reducción fuera mayor, el retorno estaría vinculado a ese desempeño, teniendo en cuenta que el retorno máximo está fijado en un 13%. El retorno está basado en el montante de capital que el Gobierno ahorrará, gracias a la reducción de la tasa de reincidentes.

Aunque aún sea demasiado pronto para evaluar los resultados del programa de Peterborough, las autoridades gubernamentales de EE.UU. ya se están subiendo a ese tren. En Massachusetts, los SIB serán usados para disminuir las tasas de reincidencia entre los jóvenes y los que hace mucho tiempo que no tienen un techo donde vivir. En la ciudad de Nueva York, Goldman Sachs está invirtiendo US$ 9,6 millones en un SIB cuyo objetivo es reducir las tasas de reincidencia entre los jóvenes prisioneros de la unidad de Rikers Island.

Aunque la estructura de algunas SIB arriesgue el capital de algunos inversores —si el programa sale mal, ellos no sólo no reciben ningún retorno, también pierden todo el dinero invertido en el programa—, el programa de Nueva York es diferente. La fundación personal del alcalde, Michael Bloomberg, pagará la mayor parte de los US$ 9,6 millones, si el programa no tiene éxito.

Cualquiera que sea la estructura, dicen los proponentes del SIB, el papel de Goldman Sachs en el negocio de la ciudad de Nueva York es significativo. "La posibilidad de que esos proyectos adquieran escala, de usar con éxito esos títulos en diferentes problemas sociales, aún es una incógnita", dice Kristin Giantris, vicepresidente de Nonprofit Finance Fund, institución financiera de desarrollo comunitario de Nueva York. "Pero no debemos subestimar el hecho de que este primer negocio en EE.UU. está a cargo de un inversor comercial. Eso deberá sacar el proyecto adelante".

Un mercado de capital para programas sociales

Como el mercado de SIB aún es muy nuevo, resulta difícil prever el tamaño que podrá adquirir. Pero está claro que se trata de un abordaje adecuado de forma particular a poblaciones específicas, como la de prisioneros y sin techo. Según un informe reciente de la consultoría McKinsey, Del potencial a la acción: introducción de títulos de repercusión social en EE.UU., se estima que el gasto del Gobierno en los sin techo en EE.UU. esté entre US$ 6.000 millones y US$ 7.000 millones, con cerca de 110.000 personas sin techo por tiempo indeterminado. Mientras, en el sector de encarcelados, hay 50.000 prisioneros jóvenes no violentos y 1,6 millón de adultos con trastornos mentales o problemas de abuso de sustancias, dos grandes grupos que podrían ser tratados con programas preventivos financiados por los SIB.

Según Nien-he Hsieh, profesor de Estudios Jurídicos y de Ética en los Negocios de Wharton, la novedad del impulso proporcionado por los títulos de repercusión social es el estímulo al desarrollo de un mercado de capitales para la financiación de programas sociales. Ese mercado, dice Hsieh, suministraría financiación crítica para "dar escala a los programas que antes no tendrían cómo hacerlo". Además, dice, "tal vez el Gobierno se disponga a intentar nuevos enfoques, ya que el riesgo financiero corre, en parte, por cuenta de los mercados".

Es fácil comprobar por qué los títulos de repercusión social están llamando la atención de las autoridades gubernamentales. En primer lugar, el presupuesto del Estado y de los gobiernos locales -fuente de financiación para muchos programas sociales- continúan bajo presión. Aunque la recaudación de impuestos por parte del Estado se esté recuperando del golpe recibido por la recesión reciente, los ingresos totales del Estado, ajustados por la inflación en el primer trimestre de 2012, aún están por debajo del 1,6% en comparación con el mismo trimestre de 2008, según El Instituto de Gobierno Nelson A. Rockefeller. Desde el primer trimestre de 2012, los ingresos tributarios locales habían caído de forma efectiva, en términos reales, en torno a un 1,8% respecto a los 12 meses anteriores.

Los SIB no sólo suministran nuevas fuentes de capital para programas que los necesitan de forma inmediata, también son una forma que tiene el Gobierno de garantizar un retorno sobre el capital aplicado. "Los flujos de gastos del Gobierno son, en gran medida, canalizados a programas en que no hay ninguna evidencia sobre la repercusión que tendrán; al mismo tiempo, hay programas en que hay una evidencia de repercusión, pero que no están debidamente dimensionados", dice George Overholser, consejero delegado de Third Partners, empresa de servicios de consultoría financiera de Cambridge, Massachusetts, que participa en el desarrollo del programa de reincidencia de jóvenes en Massachusetts. "Eso lleva a la revaluación de los gastos del Gobierno en programas que no funcionan hacia los que funcionan".

Esos títulos, cuyo retorno depende de su rendimiento, se ven aún más fortalecidos con el aumento del interés por la inversión con repercusión, es decir, por la inversión en la generación de un beneficio social o ambiental y, al mismo tiempo, por la obtención de retorno con esa inversión. Según una investigación hecha entre individuos de patrimonio neto elevado divulgada en mayo de 2010 por la Hope Consulting de San Francisco, cerca de un 50% de los entrevistados demostraron interés por la inversión de repercusión, mostrando de esa forma la posibilidad de la creación de un mercado de US$ 120.000 millones. "La inversión de repercusión social es hoy objeto de mucha atención", dice Weigelt, de Wharton. "Pero para que prospere, es preciso vincularlo al rendimiento. Los SIB ayudarán a los inversores sociales a involucrarse más".

Katherina Rosqueta, directora ejecutiva fundadora del Centro de Filantropía de Alta Repercusión de la Universidad de Pensilvania, dice que los SIB forman parte de una tendencia generalizada entre empresas e individuos que quieren una medición más sobre el desempeño real de sus inversiones en programas sociales o de las donaciones que hacen en ellos. "Vivimos en una era rica en información, por lo tanto hay más acceso a la información sobre lo que se está haciendo y lo que funciona", dice Rosqueta. "El escenario económico puso presión sobre todos nosotros para que entendiéramos cómo conseguir buenos resultados con recursos financieros que serán siempre limitados".

Sin lugar a dudas siempre habrá muchas dificultades que podrán evitar el crecimiento de los SIB. En primer lugar, no todos los programas sociales son adecuados para el uso de los SIB. Weigelt dice que ellos se adaptan mejor a resultados cuya evaluación se da a lo largo de los años. "En esa práctica embrionaria, la mejor estrategia es concentrarse en programas cuyos resultados puedan ser evaluados a corto plazo", dice Weigelt. "Si tuviera que esperar diez años para alcanzar su objetivo, mejor no recurriría al SIB".

El fracaso de programas importantes de SIB podría afectar al crecimiento del sector. "Para alcanzar el potencial de los títulos con repercusión social, los primeros contratos no deben ser transacciones aisladas que pongan en riesgo el modelo, sino instrumentos fuertes que lancen los fundamentos de un mercado pujante", observa Rebecca Leventhal, socia de Social Finance Inc, organización sin fines de lucro semejante a Social Finance Ltd. "Esperamos que, con el tiempo, a medida que los inversores se sientan más cómodos con el instrumento, otras áreas de aplicación — tal vez con más tiempo para producir resultados o con base de evidencia menos desarrollada— se vuelvan también opciones de financiación para los SIB".

Ese desafío se vuelve aún más difícil por el hecho de que los SIB acarrean costes adicionales. Son costes en asesores que ayudan a los gobiernos a estructurar el SIB junto con evaluadores independientes, que analizarán si el programa alcanzó los objetivos combinados. Según el informe de McKinsey, esos gastos de más significan que "los SIB son una forma cara de financiar la ganancia de escala de los programas preventivos. Un 'premium' en el caso de los SIB se justifica cuando las opciones convencionales no funcionan, o cuando ayudan al Gobierno, programas de filantropía y otros agentes del sector social a alinear sus prioridades y a ejercer su papel de manera más eficaz y eficiente".

Al mismo tiempo, no será fácil determinar en qué medida los programas están produciendo buenos resultados. En los programas con sin techo o con prisioneros, la evaluación de los resultados se hace de manera muy directa. En el caso de otros servicios sociales, la medición del éxito tal vez sea menos clara.

"Se puede monitorizar a alguien que está preso y verificar si ese individuo vuelve a prisión", dice Rosqueta del Centro de Filantropía de Alta Repercusión. "Pero piense en situaciones como, por ejemplo, la mejora de la calidad de los profesores, la disminución del hambre o el cuidado de individuos que sufren trastornos mentales. Las personas aún no saben muy bien, en casos así y otros parecidos, cómo hacer al seguimiento. ¿Qué significa tener éxito? Incluso en los casos en que haya un consenso acerca de lo que sea éxito, medir si hubo o no éxito puede requerir una logística compleja". Hsieh, de Wharton, refuerza esa idea añadiendo que "establecer conexiones entre aquello que nos importa a nosotros, como sociedad, y lo que medimos en lo que respecta al título puede ser algo complicado".

Hsieh dice que el mercado tendrá que desarrollar algún tipo de estandarización para los títulos. "Necesitaremos un conjunto de parámetros y de datos, de manera que los inversores puedan comparar los retornos" de un contrato con otro, dice. "Actualmente, no hay una forma estandarizada de hacer eso". Tal vez ese procedimiento necesite más tiempo para desarrollarse de lo que sería ideal, porque los contratos, probablemente, se adecuarán a las necesidades de un Gobierno específico y a sus problemas locales. "Las decisiones y las estructuras están siendo forjadas a nivel ciudades, condados y Estados", dice Giantris, de Nonprofit Finance Fund. "Las cosas aflorarán del nivel local de tal manera que, al final, habrá numerosos modelos diferentes". No importan los desafíos, los proponentes de los SIB encuentran muy prometedora esa nueva herramienta. Hay socios gubernamentales muy interesados en hacer más con menos. "Nuestros teléfonos no paran de sonar", dice Overholser, de Third Capital Partner. "La crisis fiscal está haciendo que las autoridades intenten cosas que ni se habían planteado".

Universia Knowledge@Wharton

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