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Decano UAI: "Sin innovación no hay desarrollo"

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Hablamos con Alfonso Gómez, decano de la escuela de negocios que acaba de obtener la posición Nº 1 en el Ránking de AméricaEconomía, quien conversó ampliamente sobre Chile, país que por primera vez instala en el tope una de sus escuelas de negocios, y el que está hoy cruzado por el debate en torno a la aprobación de una mega hidroeléctrica en la Patagonia.

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Por primera vez en estos 15 años que una escuela de negocios chilena se ubica en el top del ránking de AméricaEconomía. Se trata de la Universidad Adolfo Ibáñez, cuyo decano compartió los desafíos que enfrenta esta entidad y la posición de Chile como mercado de educación en negocios.

Además, abordamos los problemas que el país enfrenta, a propósito de la aprobación de Hidroaysén, un mega proyecto de energía hidroeléctrica en la Patagonia chilena, que hoy por hoy ha despertado al país a debates postergados sobre crecimiento, medio ambiente, desarrollo y concentración económica. 

 Los países que logran atraer estudiantes internacionales en el mundo de la educación de negocios es porque desarrollan una especie de cluster de escuelas donde se compite arduamente, pero donde también se colabora. ¿Cómo ve a Chile en ese esquema?

Chile y su economía son muy abiertos, lo que impacta positivamente la competitividad. No existe otro lugar en que la competencia sea tan abierta y fuerte, lo que se ve en todos los sectores. Las escuelas de negocios no son la excepción. Eso explica la presencia de escuelas chilenas en el ránking de AméricaEconomía, considerando el tamaño del país en comparación con México o Brasil. Eso hace que Chile tenga mayor presencia, a diferencia de otros listados, por ejemplo, las 100 empresas más grandes o las 100 universidades más grandes, donde el país tendría menos participación. 

Esto tiene explicación histórica, por el rol que jugó la Universidad Católica cuando Chile se abrió al mundo y porque después se aprobó la ley que permitió la creación de universidades privadas y por ende escuelas de negocios. De este modo, el modelo a seguir fue el de crear muy buenas escuelas con gente con la oportunidad de prepararse fuera y hacer una contribución al desarrollo del país. La UAI forma parte de esas tradiciones. Esta escuela está próxima a cumplir 60 años y ha sido parte de este proceso. 

Así, estamos frente a un fenómeno en que se da una oferta bastante grande y altos niveles de competitividad. 

Sin embargo, estamos en pañales en el nivel más colaborativo, pues en este momento recién entramos en la etapa de consolidación de algunas escuelas, lo que ha implicado la búsqueda de saber el quién es quién y cuáles son los estándares de cada cual. Es fácil creer que dos escuelas son parecidas cuando se miran mallas curriculares o edificios, pero es más difícil comparar la calidad y seriedad de la oferta académica y la ecología pro negocios que hay en cada escuela. 

En eso somos una sociedad bastante verde, aun cuando hay ránkings que cuando están bien hechos, como estas ediciones de AméricaEconomía, ayudan bastante al mercado a saber dónde poner sus apuestas.

La dinámica económica que experimentó el país y el cambio de modelo explican el contexto que favoreció una especie de cluster de buenas escuelas de negocios, pero no basta para explicar su aparición. Bien pudo ser que Chile mandara a sus ejecutivos a formarse fuera sin hacer escuelas.

Si bien se envió a mucha gente a estudiar afuera, se hizo con la lógica de formar académicos para que estos formaran ejecutivos en Chile. Esto tiene que ver con la convicción de que teníamos que experimentar un cambio cultural para hacernos más competitivos. Había que generar capacidades, competencias y liderazgos distintos a los anteriores. Gente con conocimientos más sólidos y rigurosos, conectados y viviendo experiencias más allá de nuestras fronteras. 

Pero además, había que hacerlo en una escala mayor, porque si se trata de formar elites, Chile siempre había hecho eso de educarlas un poco acá y un poco allá, así que eso venía resuelto desde siempre. Así, lo que el país entendió es que en el nuevo modelo económico, era necesario profesionalizar completamente el mundo de los negocios. Ahí algunos vieron una tremenda oportunidad y se hicieron muy buenas escuelas.

¿Cuál es el aporte de la UAI en ese proceso?

Voy a responder con un anécdota. Al llegar al decanato quise darle a la escuela un fuerte énfasis en innovación y encontré que efectivamente era posible hacerlo, pero también que de alguna manera esto no era nuevo. Esta universidad tiene una tradición de innovación que parte por ser la primera escuela de negocios de América Latina, en la visión de Adolfo y luego Pedro Ibáñez, quienes tempranamente se dieron cuenta de que había que profesionalizar a los hombres y mujeres de negocios.

También la UAI tiene una tradición valiosa en el apego entre la academia y el mundo de los negocios. Si algo caracteriza a esta escuela y la distingue de otras, es que acá, además de lo teórico, hay mucha evidencia de cómo han funcionado las teorías en la práctica. 

Ahora, lo novedoso de nuestro aporte está en que nos estamos movilizando de ser una escuela de negocios docente, a ser una que está en el avance del conocimiento. Estamos en la investigación. Esto no es de la noche a la mañana y va acompañado de una fuerte estrategia de internacionalización -pues nos entendemos como actores globales- lo que en conjunto nos ha permitido dar un salto, que hoy se expresa, por ejemplo en un convenio que firmamos recientemente con el MIT.   

¿Cuánto pesa la marca de Chile en el reconocimiento internacional? 

Sin el prestigio del país, habría sido muy difícil alcanzar nuestros logros. O sea fue clave. Pero no suficiente, pues también es imprescindible contar con un equipo capaz de hacer lo que nos hemos propuesto. 

Del listado del ránking, sólo 2 escuelas chilenas tienen programa de doctorado en management y 12 considerando todos los países. ¿Cuál es su apuesta?

Si hay alguien que no tiene que preocuparse por el lucro, somos quienes nos metemos a desarrollar un programa de doctorado. Esto no es para ganar plata. Así de claro. Los doctorados son en general deficitarios o salen al ras, porque son muy caros, pues tienes a lo mejor de tu cuerpo académico tras un grupo pequeño, que no da para desarrollar economías de escala.

¿Por qué entonces darse esta molestia? No es algo irracional, pues es coherente con la transformación de una escuela docente a una que busca estar en el avance del conocimiento. No se puede tener un programa de doctorado sin altísimos niveles de exigencia y eso te lleva a satisfacer altos estándares de investigación. 

Esto responde a que los chilenos vivimos en una economía sumamente globalizada, pero somos un país también bastante insular, que hace negocios muchas veces mirándose el ombligo. Tenemos que mirar hacia fuera y observar estándares, investigaciones, buenas prácticas y muchas otras cosas que hay que estar listos para absorber. 

Pero, ojalá fuera simplemente importar de Silicon Valley, Stanford, London Business School o el Esade, lo que a ellos les resultó. No. Tenemos también que  tener un sentido crítico y gente pensante, que esté en la evaluación y el aterrizaje de ese conocimiento, de manera que haga sentido en Chile o América Latina.

Al final, esto tiene que ver con la escuela que queremos desarrollar. Acabamos de recibir el reconocimiento histórico del ránking de AméricaEconomía, pero no trabajamos para ese ránking. Es una muy buena noticia que nos enorgullece, pero lo fundamental es trabajar por hacer de nuestra sociedad una con más oportunidades, más emprendimiento y mejor calidad de vida para quienes logramos tocar con nuestras acciones. Para hacer eso, hay que orquestar un fenómeno complejo, lo que conlleva la necesidad de investigar para comprender.

Chile ha hecho muy bien lo mismo que viene haciendo desde hace décadas, sin que se haya convertido en una economía particularmente innovadora. ¿No es muy alta la apuesta por la innovación en un país de esas características?

Es una tarea compleja y difícil. Pero en el eslogan de BALAS, que organizamos recientemente, pusimos nuestra visión al respecto: "la innovación es un desafío ineludible para América Latina". Es una relación biunívoca. Si no sabemos crear el tipo de valor que se crea a través de la innovación, no vamos a ser desarrollados. Así de simple y concreto. 

Es inevitable y si alguien tiene que llevar el pandero son las escuelas de negocios. Al menos, la nuestra. Esa es nuestra apuesta. Acá no hay recetitas mágicas. No esa un café instantáneo. Hay que construir una cultura nueva pro innovación y emprendimiento, y cambiar la mentalidad.

Pero los chilenos son conservadores.

Somos conservadores los chilenos, pero no nosotros. Invito a comparar nuestra malla curricular de pregrado con los de cualquier otra de América Latina. Nuestro compromiso con la innovación es patente y está en la columna vertebral del proyecto, pues se dispone de manera transversal, desde el primer día en que los estudiantes entran, hasta que salen.  

Se trata de 3.000 profesionales que han pasado por el pregrado, que tienen una manera de entender donde están profesionalmente. Algunos harán empresas y otros son intraemprendedores, pero ninguno se siente un "administrador", pues sus desafíos están en otras partes.

¿No chocan con estructuras más rígidas y jerárquicas?

Más de alguno debió tener cierta frustración, pero esto es un fenómeno sistémico. Es como un grupo que quiere levantar una carpa. Si quieres hacerlo solo, se cae todo y cuesta, pero si hay más en lo mismo, todos tiran los cordeles al mismo tiempo, y la carpa se levanta.  

Por eso estamos ayudando además a trenzar la hélice de la innovación, compuesta por la academia, el sector privado y el público. En lo personal, yo pertenezco al Consejo Nacional de Innovación, ICARE e InnovaChile, pues hay que propiciar una ecología de innovación.

La crisis financiera y el mal comportamiento asociado de ciertos ejecutivos educados en las mejores escuelas de negocios del mundo, despertaron todo un debate sobre ética y negocios ¿Cómo la UAI aborda esta ola?

La dimensión ética es tremendamente importante, pero no lo reducimos a un seminario o, más aún, dos seminarios. Es una preocupación transversal, que apela a nuestro eslogan, "al futuro con valor", en el que "valor" es considerado también en su acepción ética, en conjunto con el "valor" económico que buscamos y el "valor", entendido como coraje, para jugarnos por la innovación.

Si bien no hay una religión de los negocios o una declaración explícita, el principio que subyace es que no hay dicotomía entre buenos negocios -rentables- y lo que es hacer el bien. Esto, porque haciendo lo correcto, se incorpora el elemento de sustentabilidad de un proyecto. No se trata de sacrificar valor por ser buena persona, rentabilizando menos. Creemos que los buenos negocios incorporan de manera creativa los valores éticos. Más ahora, en el contexto de las redes sociales.

Los opositores a Hidroaysén, más del 75% según encuestas, y algunos muy activos, no sólo reclaman por el problema ambiental, sino que también ha revivido el imaginario del empresariado voraz y se ha acusado en el proyecto de favorecer la concentración económica (Endesa y Colbún , las mayores empresas de generación eléctrica del país son socias en el proyecto) y a las mineras, de las que se dice que pagan muy pocos impuestos. ¿Qué pasó ahí? 

Sin que me deje de interesar la calidad del proyecto en sí, me preocupa la calidad de la conversación al respecto que estamos teniendo como sociedad. Un país que dice no a la energía hidroeléctrica porque contamina y que sólo acepta las alternativas solar y eólica, es un país que conversa de manera irresponsable del tema. Las inversiones en energía son necesarias. 

Por eso es necesario una buena conversación que genere un consenso del país, como sucede con otros temas, como las relaciones internacionales. Sin ese nivel de altura de miras, nos vamos a meter en una camisa de once varas horrorosa, que me resulta mucho más tremenda que la discusión sobre si el poder económico está muy concentrado o no en estas grandes centrales. 

Esta conversación no se abrió a tiempo y el encono tiene que ver eso.

Es correcto. Pero, me temo que si la energía pasa a ser el campo de batalla, nos vamos a disparar en el pie. Espero de verdad que se revierta esta penosa conversación, pues me da la impresión que hay quienes han cambiado de punto de vista porque se le puede pegar mejor al Gobierno. 

Así, en las redes sociales es donde hay que ser más sabio. Ahí he leído cosas como "Estoy en contra de Hidroaysén porque amo mi país". Yo tengo una posición más bien favorable por lo mismo. Con todos los peros que me merece el proyecto, y las mejoras que quisiera hacerle.   

La gente más joven es más radical, pues hay un sentimiento de urgencia contra la depredación del planeta. Hay cambios de valores ¿Cómo ve eso?

La causa ecológica químicamente pura es difícil de sustentar. Todo proyecto tiene costos. No se trata de convencer a la gente joven de que hay que hacer Hidroaysén. Yo mismo tengo áreas en que me falta información para tener una posición más firme. Tal vez, si me meto a fondo, llegue al convencimiento de que no es adecuado. Pero mi primera responsabilidad como educador es cuidar la calidad de la discusión sobre la energía en Chile. 

E intuyo que sin energía no se puede alcanzar el desarrollo. No es energía sólo para las mineras o las transnacionales. Yo mañana estudiaría el uso de la energía nuclear, porque los hidrocarburos se van a acabar. 

Pero entiendo la necesidad de debate. Sin ir más lejos, éste se da en mi casa, donde mis hijos no son favorables a Hidroaysén.

¿Por qué no favorecer la integración regional?

La experiencia reciente es mala, por lo ocurrido con el gas de Argentina. Pasar a depender de la vecindad tiene un alto nivel de riesgo. Europa lo pudo hacer, pero acaba de pasarnos una mala experiencia, y con Argentina, un país que me merece tremendo respeto por la calidad de sus profesionales.

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