Management

La sostenibilidad y cómo ayuda a la compañía

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Anant K. Sundaram es profesor y miembro de la Facultad de Finanzas de la Tuck School of Business de Dartmouth. Fue además director de la Facultad de Educación Ejecutiva de Tuck entre 2005-2008.

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Deténgase por un breve momento. Reflexione sobre qué significa el vocablo “sostenibilidad”, ahora que se usa tanto, pero muchas veces incorrectamente. En su sentido literal, significa “hacer algo que dure para siempre”. Esto, por supuesto, es de plano imposible de lograr, y por tanto no resulta muy útil como definición. La definición empleada en círculos políticos y no gubernamentales tiene más que ver con “responder a las necesidades de la sociedad de hoy sin dañar las necesidades de las generaciones futuras”. Esta, en cambio, es una definición muy recargada: ¿quién puede atribuirse el rol de juzgar cuáles son las necesidades de cualquiera? ¿Cómo podemos conocer lo que necesitarán las generaciones futuras con respecto a las necesidades actuales? Para ponerlo en perspectiva, piense en los bienes y servicios que consumimos hoy, y si estos eran considerados “necesarios” hace un siglo. Por ejemplo, ¿habrían adivinado nuestros ancestros la necesidad que tenemos de las computadoras? ¿O de los autos? ¿De los televisores y salas de cine? ¿O de cualquiera de esas cosas que queremos, y asumimos como necesarias para el curso regular de nuestras vidas?

La conclusión subyacente es que estas definiciones tradicionales de sostenibilidad presentan una visión más bien condescendiente, y francamente muy poco práctica, sobre el mundo tal cual es y sobre las necesidades y deseos de la gente.

Las corporaciones habitan el universo práctico. Ellas administran escasos recursos y hacen malabares con las necesidades e imperativos de varios grupos sociales en conflicto, todo con la meta de crear valor. Desde su punto de vista, la sostenibilidad es fundamentalmente cuestión de suplir los bienes y servicios que la gente desea o necesita luego de consumir la menor cantidad de recursos posible y limitar al máximo la huella remanente de ese consumo.

Esto se traduce en un uso eficiente del aire, el agua, los minerales, los metales, los combustibles fósiles, y otros recursos naturales incluida la biodiversidad, de modo que se mitigue o incluso no exista la huella resultante de la polución, el desperdicio, y las emisiones. Cientos de buenas compañías -sea Wallmart en su intento de hacer más eficiente su cadena de suministros, o Apple con un diseño de sus productos que pone énfasis en la conservación, Infosys que se obsesiona con la eficiencia energética al implementar sus procesos- adoptan esta visión.

Para estas compañías de pensamiento avanzado, la sostenibilidad viene para alinearse de cerca con la eficiencia, en tanto significa menos desperdicio y más recursos. Cuando se idea el proceso y las estrategias, el objeto es reducir costos, y de esa manera incrementar el valor.

De seguro, podrá haber algunas otras que usen este discurso como “máscara” para lucir bien. Sin embargo, esos serán esfuerzos que remuneren a un corto plazo, serán compañías de vidas cortas. Al final del día, aquellas compañías que pasan por alto el nexo entre la sostenibilidad y la eficiencia perderán la carrera de la creación de valor, en su competencia contra rivales más eficientes.

Generalmente la sostenibilidad se evidencia en los reportes anuales de resultados bien elaborados

A veces las compañías abrillantan con elocuencia sus logros en materia de sostenibilidad, para presentarlos en los reportes anuales o sus sitios web. Pero no creo que esto sea problemático, sobre todo por dos razones. Y ambas tienen que ver con el hecho de que hay un matiz autoregulador al momento de hacerlo.

Primero, mientras más una compañía proclama que es “sostenible”, y llama la atención sobre su éxito, más probable es que se le llame a rendición de cuenta para comprobar sus declaraciones: por ejemplo, ¿de verdad hacen lo que dicen hacer? Después de todo, hay actores en la sociedad, tales como las ONG, los inversionistas, los auditores, los grupos de interés, los reguladores, que vigilan sus movimientos y están en busca de la mínima excusa para atacar un mal paso. Si la ruta que elige la compañía es hacer ruido sobre su éxito sostenible, lo más aconsejable es que puedan respaldarlos con hechos y repetirlos consistentemente. Si se encuentra un dato discordante o se les descubre la mentira, las consecuencias a largo plazo serán la pérdida de la confianza, y a partir de eso se construirá un cinismo público alrededor de su negocio, lo cual terminará siendo devastador.

La segunda razón, es que muchos de esos esfuerzos de relaciones públicas, aunque están enfocados a los públicos externos, tienen que basarse en la gestión y comportamiento interno. La mayoría de nosotros, como individuos, tenemos la cuestión de la sostenibilidad en alta estima, pero no actuamos tanto acorde con ese presupuesto. Sin embargo, si somos parte de un sistema más grande como lo es una compañía que sí trabaja por esa meta, otra trata de suministrar medios para alcanzarla y sí obtiene resultados concretos en este sentido, esto sí puede ser un aporte muy positivo para el compromiso moral del empleado individual con la meta. Sin dudas, también convierte a la compañía en un empleador más atractivo. O en un suministrador al cual prefiere el cliente o consumidor. Este es otro tipo de confianza que la compañía está interesada en conservar.

Por estas dos razones, la mayoría de las buenas compañías son, al menos, cuidadosas sobre lo que comunican sobre sus logros en materia de sostenibilidad en sus mensajes de relaciones públicas. Por lo general optan por publicar algo que es verificable, no sólo verdadero, sino verificable, y que se puede sostener en el tiempo, en lugar de arriesgarse a publicitar sobre hechos que no pueden repetir. O incluso peor, tener que retractarse o desistir de determinadas iniciativas pasado un período de tiempo.

La forma en la cual las compañías hacen de la sostenibilidad una parte integral de sus negocios es asegurarse de que está alineada con el proceso de creación de valor. Crear valor es, en definitiva, el propósito fundamental de un negocio. ¿De dónde viene el valor? No es un misterio: el valor proviene de -obtener una unidad por encima, como ganancia, del costo de producción, o de -producir a un costo de una unidad por debajo del valor de venta, o de -la eficiencia en cómo se invierte el capital para producir crecimiento del valor en el futuro.

A seguido, lo que queremos hacer es una auditoría rigurosa con respecto a si importa, y cómo importa, ser más sostenibles en función de cada una de esas tres opciones. Por ejemplo, ¿están dispuestos los clientes a pagar más para comprar nuestro producto si es apreciado como más sostenible en comparación con otros productos de la competencia? ¿Puede el énfasis en la sostenibilidad guiarnos a un proceso energético más eficiente, y como resultado bajar los costos de producción, además reducir la huella de la emisión de carbono u otras formas de polución o desperdicio? En relación a nuestras prácticas de inversión, la compañía precisa preguntarse aspectos como: ¿qué implica la sostenibilidad en términos de si es posible, y cómo, realizar transformaciones en la cadena de suministros? ¿Qué privilegiar a la hora de tomar las decisiones en cuanto al presupuesto? ¿Cómo rediseñar los procesos del negocio?

Las compañías que han integrado la sostenibilidad más profundamente en sus procesos son aquellas que comenzaron a vincular la compensación ejecutiva con las métricas aplicadas a la sostenibilidad. Específicamente, en dependencia de qué parte de la cadena de valor se maneja, vincular la compensación a las metas del uso de agua, o uso de materias primas, o uso energético, o emisiones de carbono, o desperdicio, polución y demás.

Las repercusión en la sociedad de la transformación de las corporaciones en actores más sostenibles son sencillamente enormes.

Pongamos el caso del efecto invernadero de las emisiones de carbono, las cuales según consenso científico es la causa del calentamiento global y el cambio climático. El 75% de las emisiones consisten en CO2, las cuales en su mayoría se originan por la combustión de recursos fósiles como el petróleo, el carbón y el gas natural. ¿Quién utiliza los recursos fósiles? En primera instancia, las corporaciones, mediante su producción y consumo de energía. Entonces las corporaciones, al crear los productos y servicios para suplir las demandas de la sociedad, son los contribuyentes clave a las concentraciones crecientes de gas carbono. Si la sociedad se propone encontrar una solución para el calentamiento global, las corporaciones son la vanguardia y el centro en el cumplimiento de esta meta.

Aquí es donde se pone interesante. ¿De dónde provienen esas soluciones? No de los gobiernos o la ONU, sino de las corporaciones que se transforman en más eficientes en su consumo de recursos, energía y minimizan la huella, o de las que fundamentan su producción en el consumo de energía renovable o no fósil, o de aquellas que implementan tecnologías que evitan la liberación de carbono a la atmósfera.

Esta es una buena noticia, si lo reflexionamos: las corporaciones son la causa, pero también son las generadoras de las soluciones para los problemas de sostenibilidad. La I+D, el talento, las tecnologías, el financiamiento, tendrán que proceder de las tantas compañías que alrededor del mundo están trabajando cada día porque esto sea posible.

La urgencia y la relevancia vienen dadas en la necesidad de llevar estas acciones y soluciones a una escala masiva, a los sitios donde el mayor crecimiento mundial está ocurriendo, países como India y China, los cuales tienen en funcionamiento algunas de las corporaciones más ineficientes si de prácticas sostenibles se trata. Mientras más de la producción mundial y más oportunidades para la creación de bienestar se trasladan a estas locaciones, las presiones sobre el medio ambiente aumentan, y el efecto es peor e irreversible.

Las oportunidades son inmensas para adoptar y adaptarse a las mejores prácticas y procesos de sostenibilidad corporativa, generando de esta manera mayor eficiencia en el uso de recursos naturales y disminuyendo el desperdicio, la polución y las emisiones. Las corporaciones globales tienen un rol central que jugar en posibilitar que esto ocurra, a través de la difusión mundial de tecnologías, especialmente implementándolas en aquellas que son más ineficientes.

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