Economía

La agitación social nace de la frustración colectiva

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Por Alfredo Behrens, profesor de Liderazgo y Administración Intercultural, FIA Escola de Negócios. Autor de “Shooting Heroes and Rewarding Cowards...”

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Recordaremos el 2011 como el comienzo de una forma de descontento popular que refleja una nueva forma de organizar y dirigir, y que llevará este espíritu adentro de las corporaciones.

En lo que va del año, vimos una revolución en Túnez, seguida por otra en Egipto, Libia y Yemen, y más recientemente, Siria. En un principio, la agitación parecía ser resultado de la levadura gestada por décadas de líderes autocráticos en los países árabes.

Sin embargo, poco después surgió el casi default de Grecia, junto con las dificultades financieras de Irlanda, Portugal y España. Las medidas de austeridad propuestas a la población de estos países desataron manifestaciones similares a las de los jóvenes en los países árabes. En la Europa mediterránea salieron a las calles la "generación de los descartados", los grupos de "indignados".

Es interesante notar que el denominador común de todas estas protestas es una juventud ilustrada y de futuro incierto. Estos jóvenes, menores de 40 años, hombres y mujeres, tienen acceso a herramientas de social media y en ellas expresan sus opiniones y articulan sus posiciones a sus compañeros.

En ese delirio hay poca variedad, Twitter y Facebook restringen las diferencias de opinión a la comunidad “amigos” donde se piensa de la misma manera. Lo que era una folie à deux es ahora una folie à mille. La noticia ya no espera la edición del periódico de mañana, ni siquiera aguarda por el telediario de la noche. Las noticias son instantáneas, y al reducirse a memes -la unidad teórica de información cultural transmisible de un individuo a otro- la noticia es casi inflamable.

En estos movimientos la confianza entre los miembros se nutre de la interacción mediada por el ordenador. La interacción perdió las raíces territoriales; ni el barrio, ni el partido o el sindicato son más el factor de unión. Las posturas adoptadas pueden servir tanto en Asia como en el Sur y el norte de Europa, incluso en los países del Magreb. Lo que las une es la frustración frente a una promesa quebrada: que el esfuerzo vale la pena en la forma de un futuro mejor.

Jóvenes con estudios no encuentran los empleos para los cuales se prepararon durante años. Las perspectivas actuales son de una década de dificultades, justamente cuando estos jóvenes ya tienen dificultades para constituir familias y disfrutar de lo prometido. La revuelta es contra la mentira genérica repetida mil veces. Primero estalló en los países con mayor proporción de jóvenes, entre la primera generación que macizamente tuvo acceso a la educación, pero también se propaga al absorber a los jóvenes instruidos de los países que envejecen prematuramente.

Estos jóvenes mantienen menos distancias de género que en antaño, tienen menos apego a ideologías y menos disciplina organizacional; sus organizaciones han sido predominantemente horizontales. El liderazgo parece ser diversificado y esporádico; las agitaciones son espontáneas e intermitentes y no son esterilizadas en jerarquías. Estos movimientos se parecen a las multitudes de Elias Canetti, nada más diferente de lo que actualmente ofrecen las corporaciones en términos de comportamiento organizacional y liderazgo.

A su vez, las voces de las autoridades suenan enmohecidas: sólo saben pedir paciencia, mientras que el telón de fondo es la corrupción y la desesperanza. Las estructuras existentes, sindicatos, partidos políticos y empresas -todas- a los jóvenes les resultan lerdas, propias de un jardín de fósiles.

Los plazos de estas estructuras se volvieron jurásicos. Esperar dos años por la próxima elección o el ascenso es ahora una eternidad para los que escriben en un ordenador portátil conectado a una banda ancha. La respuesta deseada es aquí y ahora, hay sed de protagonismo. 

En América Latina tenemos hoy una población predominantemente urbana, joven y conectada en red. En general es también la primera generación que recibió el acceso masivo a la educación, y percibe rápidamente la corrupción y la impunidad en las altas esferas.

Además, una América Latina proveedora de commodities al mercado internacional ofrece pocos empleos urbanos que demanden el nivel de educación duramente alcanzado por nuestros jóvenes. La misma agitación juvenil puede ocurrir también en los países de América Latina. Por las mismas razones, quien sabe, llegue con el verano.

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