Innovación

Innovar también es cuestión de números

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Por Antonio Nuñez, consejero delegado de Parangon Partners y presidente de la Asociación de Alumni de la Harvard Kennedy School.

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La innovación está de moda. Se ha convertido en término mainstream y las empresas se afanan por subirse a esa ola para no quedar descolgadas. La innovación se ha convertido por derecho propio en el valor diferencial que hace que una compañía pueda seguir siendo competitiva. No hay una tercera vía: innovar o desaparecer. Sin embargo, deslumbrados por el glamour del concepto, a veces se olvida que más allá de modas y corrientes existen poderosas razones económicas que sustentan la necesidad de innovar.

Al contrario de lo que sucedía hace unos años, vivimos en una época en la que el acceso a financiación ya no es una odisea para las empresas. De hecho, como señalaban recientemente los autores Michael Mankins, Karen Harris y David Harding en un artículo de Harvard Business Review, vivimos en una época marcada por la superabundancia de capital. Según Bain & Company's Macro Trends Group, el capital financiero mundial se ha multiplicado por tres en los últimos 30 años y ya supone 10 veces el PIB mundial. 

Las implicaciones de este cambio de escenario son numerosas. Sin ir más lejos, quiere decir que a una empresa le resulta mucho más fácil y barato obtener financiación, tanto si lo hace a través de la emisión de deuda, como si opta por una ampliación de capital. Con las tasas de interés más bajas de los últimos años, los costes de financiación son mucho más asequibles en general.

Bajo estas nuevas condiciones, las estrategias de las compañías basadas en la acumulación de capital ya no tienen demasiado sentido. Llenar la caja a toda costa ya no debería ser el punto central de las estrategias empresariales. Porque la gestión del capital financiero disponible ha dejado de ser una ventaja competitiva por si sola.

Pensamos en la industria del turismo. Para una cadena hotelera tradicional cada nueva apertura le obliga a sacar a relucir su enorme músculo financiero y hacer un esfuerzo descomunal en términos de recursos. Todo para obtener, en el mejor de los casos, un retorno del 10% al final del ejercicio. Sin embargo, una empresa de la nueva economía como Airbnb es capaz de generar beneficios hasta diez veces superiores sin poseer en propiedad ni un solo apartamento de los que operan en su red.

El ejemplo puede ser extremo, pero no deja de reflejar la nueva realidad que rige los mercados. En términos financieros, los analistas estiman que el retorno de cualquier inversión destinada a mejorar la eficiencia operativa de la compañía será hasta cinco veces menor que lo que puede producir apostar por proyectos e iniciativas de innovación alejados del negocio tradicional.

Los propios inversores, poco dados por naturaleza al riesgo, se muestran decepcionados con los resultados arrojados por las apuestas de manual y demandan nuevas líneas de actuación. Las compañías necesitan averiguar nuevas formas de sacar valor a ese capital financiero. Y esa nueva vía que se les abre en el horizonte se llama innovación.

Las compañías más innovadoras han comprendido que su valor más preciado no es el dinero que son capaces de acumular, sino su capacidad para generar soluciones a problemas reales de sus clientes y llevarlas al mercado en un espacio de tiempo cada vez más corto.

El nuevo enfoque exige un cambio de mentalidad. A su favor juega el hecho de, con unos costes de capital tan bajos, el acceso al dinero ya no supone una traba y las empresas tienen margen para salirse del guion en sus estrategias. La innovación supone desplazar el foco de unos pocos proyectos “seguros” a largo plazo a apuestas más diversificadas, con mayor factor de riesgo y menor recorrido temporal. Supone pasar de aspirar a tener una empresa saneada hoy a tener una empresa sostenible y con futuro.

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