Economía

El identikit de Ollanta Humala

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Juan Mendoza Pérez, es profesor de la Maestría en Economía en la Escuela de Postgrado, en la Universidad del Pacífico del Perú.

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Ollanta Humala será el próximo presidente del Perú. El candidato de centro-izquierda superó a la conservadora Keiko Fujimori el 5 de junio en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Fue una victoria estrecha, 51,5% contra 48,5%, y con un excelente desempeño de Humala en los días finales de la campaña pues Fujimori mantenía una ligera ventaja de entre 2% y 4% una semana antes de los comicios. 

Las reacciones inmediatas a la elección de Humala ilustran el actual grado de polarización de la sociedad peruana. Mientras grandes sectores en la sierra, la selva y el sur del país celebraban su victoria, otro era el temperamento en la costa norte y central y, sobretodo, en Lima, cuyos habitantes se inclinaron mayoritariamente a favor de Fujimori. 

En efecto, para muchos pobladores peruanos la elección de Humala representa la promesa de beneficiarse del crecimiento económico del país a través de agresivas políticas públicas de redistribución. Esta población aspira a un modelo económico que conduzca a la llamada inclusión social de los segmentos pobres y postergados del país. En los departamentos del sur en que la pobreza está concentrada -por ejemplo en Puno, limítrofe con Bolivia y usual escenario de protestas populares- el apoyo a Humala alcanzó el 75% del voto.

Pero para otros sectores de la población la elección de Humala representa una amenaza tanto al proceso mismo del crecimiento económico -a través de la imposición de políticas públicas populistas e intervencionistas- como a la democracia peruana. 

El gris del cielo de Lima, característico del invierno, parecía más gris el 6 de junio. Y es que muchos limeños se preguntaban si el desarrollo acelerado de la capital, fruto indudable del vigor económico de las últimas dos décadas, llegaría pronto a su final. 

La mayoría de la prensa se había inclinado a favor de Fujimori e intentaba acomodarse a la noticia ensayando interpretaciones y análisis políticos rebuscados y complejos a la victoria de Humala. 

Los inversionistas locales y extranjeros fueron más claros que los analistas políticos: el índice general de la Bolsa de Valores retrocedía 12%, la mayor caída diaria de su historia, con algunas cotizaciones de acciones de empresas mineras perdiendo más de 20%, al tiempo que las cotizaciones de las acciones peruanas negociadas en la Bolsa de Nueva York veían caídas de entre 10% y 20%. Ni la gran depresión, ni las múltiples crisis financieras que ha vivido el Perú fueron capaces de lograr esta reacción tan estrepitosa de los inversionistas.

Pero ¿Quién es Ollanta Humala? y ¿Por qué su elección despierta reacciones tan marcadas y variopintas? Ollanta Humala Tasso es un comandante en situación de retiro del Ejército peruano. Humala nació en Lima en 1962. Su padre, Isaac, es un inmigrante de la provincia de Ayacucho, antiguo militante socialista, y fundador del movimiento etno-cacerista, que se podría describir como una versión kitsch, adaptada al Perú, del nacionalsocialismo o, en el mejor de los casos, del fascismo, y que reivindica además las políticas socialistas y de nacionalizaciones masivas de la dictadura militar de Juan Velasco entre 1968 y 1975.

La carrera militar de Ollanta Humala no tuvo un inicio especialmente auspicioso pues terminó la escuela de oficiales en el puesto 59 de su promoción de 180 cadetes. La vida militar de Humala tuvo dos elementos destacados. El primero es su participación en 1992, como jefe de la base antisubversiva de Madre Mía en el centro del Perú, de supuestas violaciones a los derechos humanos. Estas violaciones fueron motivo de una investigación y acusación de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos años después sin que se llegase a comprobar nada de manera fehaciente. 

El segundo elemento tiene lugar en octubre del año 2000, en las postrimerías del gobierno de Alberto Fujimori, cuando Humala encabezó, junto a su hermano Antauro y 62 soldados, una sublevación en la base militar de Locumba en el sur del Perú. Fue una sublevación de carácter simbólico pues no hubo enfrentamiento alguno ni daños materiales pero que catapultó al, hasta entonces desconocido militar, a la palestra política nacional. Humala fue apresado y dado de baja rápidamente. Pero en diciembre del 2000, el gobierno de transición de Valentín Paniagua lo amnistió y retornó al servicio activo. 

El gobierno democrático de Alejandro Toledo nombró a Humala como agregado militar primero en París y luego en Seúl, lo que muchos interpretaron como una forma de neutralizarlo políticamente. Pero estos nombramientos no impidieron que el movimiento etno-cacerista se fuese organizando y creciendo bajo el liderazgo visible de su hermano Antauro, convirtiéndose en un opositor virulento y radical al gobierno de Toledo, al que acusaban de continuar con el modelo neoliberal de Fujimori y de hipotecar el país a los intereses extranjeros. 

Esta oposición maximalista llegó a su cúspide con el intento de golpe de estado del 1 de enero del 2005 en que los militantes etno-caceristas, muchos de ellos reservistas del ejército peruano, tomaron la ciudad de Andahuaylas y llamaron a la insurgencia popular contra el gobierno democrático de Toledo. La asonada de Andahuaylas no tuvo éxito, terminó con 4 policías muertos, y con el apresamiento de Antauro Humala y sus seguidores. Ollanta Humala respaldó inicialmente la sublevación desde Corea del Sur aunque luego se distanció de la misma.

De regreso en el Perú, Ollanta Humala tentó la presidencia en las elecciones del 2006 sobre la base de la plataforma etno-cacerista. Su discurso económico se centraba en el rechazo a las políticas de libre mercado adoptadas en el Perú desde 1990 por Alberto Fujimori, en particular a los tratados de libre comercio, en la necesidad de que el estado participe directamente en las actividades económicas estratégicas, y en la revisión de la participación de las inversiones extranjeras, especialmente las provenientes de Chile, en la economía peruana. 

En el plano político Humala pregonaba la integración política latinoamericana en un bloque anti-imperialista, y la lucha contra la clase política tradicional. Aunque Humala terminó primero en la primera vuelta del 2006, con poco más del 30% del electorado, fue derrotado estrechamente en la segunda vuelta por Alan García. Un factor clave en el desenlace electoral de entonces parece haber sido el apoyo abierto de Hugo Chávez a la candidatura de Humala. Este apoyo resultó siendo contraproducente para Humala pues muchos sectores de la población lo interpretaron como una intromisión extranjera en la política nacional.

Los recientes años de progreso económico parecían haber sido malas noticias para Humala y su plataforma política que, en el 2006, se había nutrido de la aparente incapacidad del crecimiento económico en generar mejoras tangibles en los sectores más pobres del país. 

En efecto, el producto por habitante se ha expandido a una tasa promedio anual de 6,4% entre 2001 y 2010 a precios internacionales constantes de acuerdo a datos del Fondo Monetario Internacional. En otras palabras el ingreso del habitante promedio se ha multiplicado por un factor de 1.9 en la última década en un entorno de baja inflación y con una sólida posición fiscal. Asimismo, el porcentaje de población pobre se redujo de cerca de 50% el 2006 a 31% el 2010.

No es sorpresa, entonces, que al inicio de la campaña electoral, Ollanta Humala no tuviera mucho más que el 10% de la intención de voto. Peor aún, Humala inició su nueva postulación con planteamientos muy similares a los del 2006. Su plan de gobierno original es un voluminoso discurso en contra del libre mercado, el libre comercio, y la inversión extranjera, a favor de la nacionalización de las llamadas actividades estratégicas, y que pregona una larga serie de agresivas políticas redistributivas sin una clara fuente de financiamiento. 

¿Qué explica entonces su victoria en la primera vuelta con casi un tercio del electorado y su victoria final frente a Fujimori? En primer término Humala se benefició de la canibalización del centro político entre los candidatos moderados: el ex-presidente Alejandro Toledo, Pedro Pablo Kuczynski -que fue Ministro de Economía de Toledo- y el ex-alcalde de Lima Luis Castañeda. 

Pero el elemento decisivo que explica el triunfo de Humala fue el renunciar a su discurso radical. En el plano económico, la mutación de Humala implicó su renuncia a cualquier tipo de nacionalización o estatización, su compromiso a respetar los derechos de propiedad y los equilibrios macroeconómicos. 

En el plano político esta mutación consistió en el abandono de la retórica anti-imperialista y el distanciamiento claro con Hugo Chávez. El viraje hacia el centro de Humala le permitió ganar el apoyo de segmentos moderados, entre ellos el del partido de Toledo. Pero hay amplios sectores para quienes la transformación de Humala solo ha sido una estrategia electoral.

¿Qué se puede esperar de Humala? ¿Cuáles son los riesgos y oportunidades de su elección? Si Ollanta Humala siguiera su programa original de gobierno sería altamente probable que la inversión privada se retrajera de manera considerable y, en consecuencia, que el crecimiento económico acelerado terminara en el Perú. 

En el ámbito regional, las probables consecuencias serían la reducción del intercambio comercial y el desincentivo a las inversiones extranjeras

Pero las declaraciones recientes de Humala y la composición del equipo de transferencia de gobierno no parecen indicar que el presidente electo piense regresar a sus propuestas originales. No sería, por supuesto, la primera vez que un político lleva a cabo políticas diferentes a las de su propuesta original. 

De hecho la Bolsa de Valores había recuperado casi todas sus pérdidas hacia el final de la semana luego de las primeras declaraciones y nombramientos de Humala. Y aunque hay todavía mucha incertidumbre, las señales parecen indicar que el tono moderado del discurso reciente será el que primará al menos en los meses iniciales de su gestión. 

Además, Humala enfrenta un conjunto de restricciones y limitaciones que hacen poco probable la adopción de su programa maximalista. En primer lugar, la coalición que lo respaldó el 5 de junio es más bien débil y representa varias tendencias ideológicas e intereses particulares. De hecho, Humala no tendrá mayoría en el congreso y necesitará el apoyo de otras fuerzas políticas para gobernar. 

En segundo lugar, Humala no tendría cómo financiar un agresivo programa de redistribución a menos que violentará las normas de prudencia fiscal o diera marcha atrás con el proceso de descentralización -que implica que cerca de la mitad del gasto es decidido a nivel local- lo que no parece ser políticamente factible. 

Incluso si se llegará a imponer un impuesto extraordinario sobre las utilidades mineras, la mayoría de los cálculos apuntan a que el aumento en los ingresos fiscales sería moderado. 

En tercer lugar, Humala necesita conjurar, desde la perspectiva de amplios sectores de la población, los fantasmas autoritarios de su pasado político. Ello quiere decir que cambiar la constitución, por ejemplo para permitir la actividad empresarial del estado, sin respetar los procesos e instituciones democráticos le resultaría muy complicado. Y estos procesos e instituciones son, por diseño, lentos y resistentes al cambio.

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