¿Cree usted que ya es el momento de hacer un alto en el camino de su organización, para hablar sin tapujos sobre las cosas que le impiden alcanzar el alto desempeño? “Sugiero que antes de terminar cada reunión semanal dediquemos quince minutos a lavar nuestros trapos sucios”, dijo un miembro de un equipo gerencial. De inmediato sus colegas expresaron que eso era exactamente lo que les hacía falta, un procedimiento.

Desde entonces, usan un reloj de arena y tres reglas: (a) si durante el tiempo pactado alguien no expresa desacuerdos, reclamos o requerimientos de cambio de actitud, no podrá hacerlo después de la reunión, (b) no tomar nada como personal, y (c) hay amnistía (no represalias) siempre que el respeto acompañe los comentarios. Así se aseguran de tener una oportunidad para plantear cualquier asunto, por sensible que sea, evitando que se acumulen temas difíciles y que se recurra a desahogos improductivos en los pasillos de la empresa.

Claro, habrá quienes ni con ese mecanismo se atreverán a hablar al inicio, pero poco a poco lo harán, si perciben madurez en los aludidos para escuchar con suma atención y procesar con sabiduría las observaciones. Cuanto más recorremos las organizaciones, más comprobamos que muchos de sus grandes problemas humanos de hoy, alguna vez fueron pequeños. Quizás un leve desacuerdo entre dos miembros desembocó en una enemistad que complicó al resto del equipo, solo por no haberlo resuelto en su debido momento.

En ocasiones, la persona líder adolece de tacto para hacer sus observaciones y todos callan por temor a las consecuencias de recomendarle moderación. Si lo hicieran, la ganancia sería mutua. A lo mejor temen reacciones negativas y divorciadas de la inteligencia emocional. Pero en realidad podría no ser así porque, como bien replica Rabindranath Tagore: “Las palabras van al corazón, cuando salen del corazón”.

Los equipos y compañeros que en verdad deseen serlo, no deben temer la discusión de sus desavenencias. Es más, a veces hasta conviene que los ánimos se calienten un poco porque eso aumenta la probabilidad de que salgan a flote las verdades de lo que se piensa. ¿Cómo puede haber cohesión en un equipo que disimula sus diferencias internas? En los momentos de lavandería no se vale decir lo contrario de lo que se siente, esa es la máxima contradicción que aniquila la sinceridad.

Las organizaciones son una conversación constante, de su calidad depende su desempeño. Es simple, analice cómo conversa usted con cada colega y sabrá que tan productiva es su relación con él o ella. Si los tiempos de lavandería se aprovechan sin temor y con total intensidad, entonces se desafiará la sentencia del poeta y pensador Emerson: “Toda persona es sincera a solas, en cuanto aparece una segunda empieza la hipocresía”.


Por German Retana, profesor pleno de INCAE Business School.

 

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