Por Esteve Almirall (@ealmirall), director del Center for Innovation in Cities de ESADE.

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Predecir cosas es siempre difícil y arriesgado porque, si ya nos cuesta ponernos de acuerdo con nuestro pasado y presente, ¡imagina con esa hoja en blanco que es el futuro!

A pesar de que sea arriesgado —y de que acertemos poco—, lo cierto es que las predicciones sirven para analizar tendencias que pueden eclosionar o dar mucho que hablar en este año 2016.

De hecho, ha habido pocos momentos en que, como ocurre ahora, haya tantas áreas en que los cambios sean tan cercanos y tengan tanta capacidad de afectar tan rápidamente la vida de tanta gente. Y muchos se gestaron durante el pasado año…

¿Quién hubiese imaginado hace apenas un año que hoy estaríamos hablando de coches autoconducidos, no ya como una idea de ciencia ficción sino como una realidad? ¿Quién hubiese soñado en que alguien plantease en serio implantar la renta básica? ¿Quién hubiese supuesto que la cifra de smartphones en el planeta cubriría el 74 % de la población? ¿Y el principio de la desaparición del dinero físico y, con él, del dinero negro? ¿Quién hubiese ni siquiera soñado que desarrollos como el Hyperloop estuvieran planeando enviar al cajón de la historia la mayor parte de las redes de trenes de alta velocidad?

¿No te parece que este año que acaba de empezar será un año apasionante?

He intentado reunir en siete grupos aquellas tendencias que considero más interesantes, más prometedoras y con mayor potencial de cambio. Como verás, no se trata de adivinar el futuro, pero sí de hablar sobre él e imaginar el potencial que puede haber detrás de cada una de estas siete oportunidades.

1) Los coches vuelven a cambiar las ciudades

El automóvil ha definido, en gran medida, las ciudades tal como las conocemos hoy. Si observamos el espacio que dedicamos a los coches, nos daremos cuenta de que es enorme: espacio para aparcar, espacio en las calles, espacio en la ordenación de la ciudad y también espacio en nuestras aspiraciones y sueños… Un espacio que ciertamente contrasta con su uso, que no llega al 5 % del tiempo, por término medio.

Todo ello está cambiando con gran rapidez. Probablemente uno de los detonantes ha sido la certeza de que en poco tiempo el coche será autoconducido y eléctrico. A estos dos vectores, cabe añadir la transformación cultural que han experimentado ciudades tan emblemáticas como Nueva York, en que el automóvil ha pasado de ser un bien aspiracional a algo simplemente utilitario.

Un coche autoconducido no tiene por qué estar aparcado enfrente (puedes llamarlo para que venga) y permite cambiar las actuales normas de tráfico, pensadas para personas, que a veces piensan más en saltárselas que en obedecerlas. Además, un coche autoconducido puede circular sin descanso a todas horas (transporte por carretera por la noche, reparto nocturno a domicilio…).

El coche eléctrico sitúa el coste variable del transporte en otra dimensión. Cargar el depósito de un automóvil eléctrico cuesta entre 1 y 4 $, según los países, y 0 $ si se trata de placas solares… ¡Si no hay un impuesto al Sol, claro está! Por ese dinero, obtendremos entre 160 y 300 km de autonomía. Es otra dimensión, en la cual transportar a personas o cosas solo tiene los costes de amortización del vehículo y unos costes variables extraordinariamente bajos.

Todo ello hace que el diseño de las ciudades se centre más en los coches compartidos y en un transporte público que funcione como Uber… Pensando en un futuro autoconducido y eléctrico. En el futuro, vamos a necesitar una fracción del espacio que ahora destinamos al transporte y este será más eficiente, más limpio y enormemente más barato.

El cambio de mentalidad es también notable. Las nuevas generaciones no sueñan en tener un coche: ir en bici, en moto o en bici eléctrica es cool. La ciudad pensada en la movilidad en automóvil da paso a la ciudad para pasear, para vivir, como punto de encuentro.

Este cambio de concepción del uso del automóvil hace que los coches vuelven a influir en el diseño de la ciudad, pero esta vez en sentido contrario a como lo hicieron durante el siglo xix.

2) La sharing economy: menos sharing, más economy y más gig

La sharing economy surge con la promesa de compartir, pero rápidamente se transforma en la movilización de recursos ociosos mediante plataformas que permiten comercializarlos con muy poco esfuerzo. Este es el caso de Airbnb, que te permite comercializar una habitación o un apartamento con éxito sin tener que promocionarlo personalmente. También el de Uber y tantos otros.

El hecho de dar entrada al mercado a recursos disponibles con muy poco esfuerzo ha permitido que mucha gente anónima se introduzca en áreas que antes tenían importantes barreras de entrada, como en el caso de los apartamentos y de los taxis. Ello ha creado una mayor competitividad, puesto que ya no basta ser un taxi o tener una habitación de hotel; hay que hacerlo bien, dar un servicio de calidad e innovar para sobresalir.

Los efectos sobre el mercado han sido espectaculares. Este mes, Yellow Cabs, la compañía de taxis más importante de San Francisco, se ha declarado en bancarrota, mientras que la oferta de apartamentos con una excelente relación calidad/precio ha crecido de manera espectacular en todo el mundo. El mercado es más mercado y está menos dominado por unas pocas empresas que determinan la oferta y las condiciones. Además, las plataformas se han convertido en empresas globales, en una economía basada en el principio “The winner takes all”, de la cual es prácticamente imposible escapar.

En otro orden de cosas, estas mismas plataformas, capaces de organizar el trabajo de una forma autónoma y distribuida, han incidido claramente en lo que entendemos como empresa. Esta se ha disgregado y muchas de las tareas que antes se realizaban internamente ahora se realizan fuera: es la gig economy, la economía bajo demanda.

Esta incursión de las plataformas, en sus dos variantes, lo cambia todo: nuestra concepción del trabajo, la estructura de las ciudades… Y, para ello, necesitamos una nueva legislación que responda a estos cambios.

Los intentos de poner puertas al campo, de volver el reloj atrás o de encerrar en una jaula las plataformas están destinados al fracaso o a convertir en Corea del Norte aquellas ciudades o países que pretendan oponerse al curso de la historia. Necesitamos afrontar este nuevo mercado y diseñar una regulación que armonice las aspiraciones sociales con las oportunidades de las nuevas tecnologías.

3) La participación, algo más que una quimera

Del mismo modo que la tecnología ha derrumbado las barreras de entrada al mercado para mucha gente, también permite la participación y la consulta masivas.

Funcionamos aún con sistemas políticos ideados hace 300 años, pero nuestras vidas y nuestras relaciones han cambiado de forma radical. Obviamente, es cuestión de tiempo que los ciudadanos reclamen su actualización porque, nos guste o no, esto va a suceder tarde o temprano.

Estamos presenciando numerosos experimentos por doquier en que la participación, el uso de tecnologías como el sentiment analysis o las consultas vinculantes, o no, tienen un carácter protagonista. Sin duda, estos experimentos se traducirán en prácticas que acabarán convirtiéndose en derechos básicos, de modo que las decisiones unilaterales de los gobiernos serán menos aceptadas y justificables, y serán consideradas menos democráticas.

4) El dinero invisible

Este año, Dinamarca pretende eliminar el dinero físico; el año pasado, las transacciones en China a través de Alipay ascendieron a 519.000 millones de dólares, con 350 millones de usuarios. Con Alipay, pagas electrónicamente o enseñas un código Q generado en el móvil que dura un minuto en el súper. Nuevos actores como Apple, Google o TransferWise están redefiniendo los medios de pago.

Además, Blockchain, el protocolo de Bitcoin, asegura una trazabilidad total y una confirmación segura, sin necesidad de mediadores. ¿Cuánto tiempo tardaremos en incorporar alguna versión de Blockchain al dinero electrónico? Probablemente poco.

Dinamarca tendrá éxito y otros países, como Suecia e incluso Alemania, pueden seguirle pronto sus pasos. En China, Alipay es el sistema que utilizan los jóvenes y ApplePay es genial…

5) ¡Poder almacenar energía lo cambia todo!

Tesla ha anunciado sus baterías domésticas y por todo el mundo estamos asistiendo a una carrera feroz por alcanzar el Santo Grial de una batería con mayor capacidad, con un tiempo de carga más reducido, de menor coste y más duradera.

En un mundo donde el coste de los paneles solares está bajando muy rápidamente, al tiempo que su rendimiento se incrementa, una buena batería sería el detonante de la energía a coste variable cero, y esto ofrecería un panorama totalmente distinto.

Los esfuerzos de Tesla, las baterías de grafeno o la sustitución del litio por compuestos con mayor rendimiento pueden permitirnos mejorar por dos o por las baterías actuales. Se trataría de baterías que se cargarían en 10 minutos y que permitirían recorrer más de 600 km, a la mitad del coste, con menos peso y más duraderas. Ello dispararía la demanda de coches eléctricos y, en muchos lugares, la producción distribuida de energía. Es una frontera que podemos traspasar en 2016.

6) Internet y las infraestructuras invisibles

Hasta hace poco, nos conformábamos con 20 Mb y pensábamos que 300 Mb o 1 Gb eran un sueño. Pues bien: ¡este sueño ya es una realidad!

Y el sueño se va a ampliar este año, pues veremos cómo internet se convierte en algo parecido a la electricidad y zonas importantes estarán conectadas a velocidades cercanas a 1 Gb.

También será el año del IoT, el “internet de las cosas”.

De todas maneras, no es tan importante la conectividad en sí como lo que podemos lograr con ella. Hoy en día, ello pasa por crear infraestructuras que conecten a personas, que creen mercados y posibiliten su funcionamiento en el mundo virtual.

La creación de mercados permite y da valor a plataformas como Uber o Airbnb. Sin embargo, las plataformas digitales no tienen por qué restringirse a los mercados: su potencial va más allá, pues permite crear verdaderas infraestructuras invisibles que faciliten la participación de los ciudadanos en la vida pública, la aceleración y puesta en marcha de proyectos o la aceleración de propuestas empresariales.

Estas infraestructuras invisibles aportan, si cabe, más valor que las reales, porque no se limitan a posibilitar y capacitar, sino que entroncan directamente con la acción. No se trata de crear edificios vacíos, sino de unir a las personas que quieren hacer determinadas cosas y ayudarles en su labor.

7) La renta básica y la evidence-based policy

Durante muchos años, las políticas se han justificado en las ideas, las creencias y los valores. Una sociedad más justa implicaba llevar a cabo unas políticas redistribuidas de mayor alcance. Una sociedad más libre, la abolición y la simplificación de la normativa.

Sin embargo, a medida que la sociedad es más compleja, es difícil afirmar con seguridad que una política determinada nos llevará al objetivo deseado. Al contrario, con más frecuencia de la deseada nos encontramos con la amarga realidad de que políticas por las cuales se ha luchado denodadamente nos conducen a objetivos diametralmente opuestos a los pretendidos.

Un buen ejemplo de ello es la renta básica. Sus defensores sostienen que contribuirá a mejorar la competitividad de los trabajadores, pues no tendrán la obligación de aceptar cualquier propuesta y podrán ser más selectivos. Por el contrario, sus detractores argumentan que numerosos empleos a tiempo parcial que incrementan la eficiencia se perderán y seremos menos competitivos. En realidad, nadie sabe con certeza cuál será su efecto.

Durante 2016, algunos países se plantearán en serio la implantación de la renta básica, así que pronto veremos cómo evoluciona el tema.

Esta situación evidencia que nuestra forma de diseñar las políticas funciona mal. Cuando los entornos eran menos complejos y las causas resultaban más evidentes, el reto era menor. Sin embargo, en los niveles de complejidad actuales, discutir hasta la saciedad aspectos que, de hecho, nadie conoce y atribuir causalidades a políticas cuyos efectos se desconocen es poco productivo.

Por fortuna, progresivamente se van abriendo paso métodos menos dogmáticos, basados más en la experimentación y en datos obtenidos a partir de resultados medibles, y es eso, y no el dogma o la visión de los gobiernos, es lo que determina realmente la bondad de determinadas medidas políticas. En esta transformación, herramientas como los big data o el data analytics jugaran un papel esencial.

Esteve Almirall (@ealmirall) es director del Center for Innovation in Cities de ESADE.

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ESADE es una institución académica internacional con más de cincuenta años de historia. Su principal patrimonio son las personas: profesores y profesionales al servicio de la formación y de la investigación. Desde sus aulas ESADE aboga por el rigor y la excelencia académica, contribuyendo así al debate público y a la transformación social. El amplio reconocimiento de ESADE, avalado por los principales ránkings internacionales, destaca por la calidad de su enseñanza, su carácter internacional y su marcada orientación al desarrollo integral de las competencias, tanto profesionales como personales. Desde que celebró su 50º aniversario, ESADE ha adoptado ‘Inspiring Futures’ como lema institucional. Con ello, la escuela muestra su intención de fomentar el espíritu renovador en el mundo de la Empresa y el Derecho.

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